A partir de lo que Ronald describió en otro lugar como un estudio de las causas de la opresión, surgió otro ensayo de 1969, “Motines”. Reflejo de una visión profundamente compasiva del hombre, viéndolo enteramente merecedor de libertad, la obra también viene particularmente al caso en la actualidad.

os motines no siempre son causados por la corrupción económica.

La mayoría de los motines americanos son causados por la injusticia.

Sólo el acaudalado puede darse el lujo de la justicia. Se podría decir que debe haber justicia en la Constitución, pero sólo se puede obtener en los tribunales superiores.

El hombre de la calle no tiene cien mil dólares para luchar contra las acciones injustas de aquellos que están en el poder.

Hasta que haya justicia para el hombre de la calle, no sólo para el rico, habrá motines. Y estos motines pueden intensificarse fácilmente hasta llegar a convertirse por completo en una revolución sangrienta brutalmente cruel.

Un hombre de color puede estar parado inocentemente en la esquina de alguna calle, lo pueden agarrar, golpear, pueden meterlo en la cárcel y lo pueden poner a hacer trabajos forzados, todo ello, basándose en algún cargo imaginario. En los libros de derecho puede que diga que eso no se puede hacer, pero, ¿dónde están sus 100.000 dólares para poder llevarlo a un nivel suficientemente alto para tomar acción?

He visto a un profesor universitario filipino arrestado sin razón, con la mandíbula rota, detenido sin derecho a fianza, todo porque era un filipino en una comunidad blanca estadounidense (en Port Orchard, estado de Washington).

He visto cárceles llenas de hombres que ni siquiera podían decir cuál era el cargo real en su contra, pero trabajaban como perros diariamente en trabajos de convicto.

Como ministro, yendo entre la gente, he sido testigo de suficiente injusticia como para derrocar a un estado, sólo en espera de una chispa para hacer estallar la ira suprimida en una revolución.

Hasta que la justicia se aplique a todos, hasta que una persona sea realmente considerada inocente mientras no se compruebe su culpabilidad, hasta que ya no cueste 100.000 dólares llegar a un tribunal superior, el gobierno está en riesgo.

Puede que sean muy grandes, puede que su sudor no tenga olor, su arrogancia puede colocarlos por encima de todos los demás, pero en la actualidad, los líderes de una nación que por un instante toleren la injusticia para sus ciudadanos más pobres, deberían preparar sus cabezas para la guillotina. Se está cociendo otro 1789, esperando sólo una gran chispa que se propague como un rayo a través del mundo occidental.

La injusticia no es algo con lo que ningún hombre de poder debería tratar jamás. No es sólo un pecado. Es suicidio.



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