El hallazgo del camino hacia la autoestima
(continuación)

Para principios de 1947, las técnicas fundamentales de Dianética estaban asentadas. Aquello que conocemos ahora como la fuente fundamental de la aberración humana, criminal o de otro tipo, estaba prácticamente a la vista, y los procedimientos para el restablecimiento de la cordura, la felicidad y el alivio de las enfermedades psicosomáticas, estaban muy cerca de nosotros. También para entonces estaba establecido lo que él describió como la bondad inherente de la personalidad básica. En otras palabras, —y esto tomado de LRH mismo— cualquiera que fuera el grado de trastorno del comportamiento, se encontró que el núcleo de la personalidad era, “de manera invariable, fuerte, robusto y constructivamente bueno”.

Las ramificaciones de esta declaración fueron, sin duda, inmensas, particularmente a la luz de una teoría psicológica dominante que sostenía que el hombre era el producto de su herencia evolutiva, es decir, el predador erecto y pensante. De igual modo, entonces, Ronald no estaba hablando en ningún sentido teórico. Sino más bien, habiendo aplicado las primeras técnicas de Dianética en cientos y cientos de casos, había encontrado finalmente que incluso bajo el así llamado criminal empedernido, se encuentra “un ser inteligente y sincero, con ambición y deseos de cooperar”. O puesto de manera más simple: “El hombre era básicamente bueno. Su naturaleza social era inherente”. Aún quedaba, sin embargo, la pregunta sobre qué precipitó el comportamiento criminal, qué constituía su común denominador, tal como LRH lo expresó; y para resolver esta cuestión, comenzó a examinar el ámbito del criminal, como Oficial Especial del Departamento de Policía de Los Ángeles.


Como consecuencia de la proliferación excesiva de la gran urbe, que dejó a la ciudad con aproximadamente la mitad de los oficiales per cápita de Nueva York o Chicago, la imagen del Oficial Especial de Los Ángeles se había convertido en algo bastante familiar en 1948. En total, cerca de cuarenta y cinco patrullas privadas estaban entonces activas a lo largo de Los Ángeles, la mayoría contratadas por las comunidades de comerciantes a través de las mayores agencias de detectives. Los deberes primarios de estos oficiales eran de dos clases: la protección de las propiedades particulares, como por ejemplo los bancos y los almacenes; y el patrullaje general del vecindario en beneficio de los comerciantes locales. Dentro de este último tipo, los deberes del Oficial Especial eran virtualmente los mismos que los del oficial regular, aunque no tenía poderes para llevar a cabo ningún arresto que fuera más allá de un “arresto ciudadano”. Sin embargo, iba uniformado —de gris marengo, que aparte de eso, era idéntico al de los oficiales de azul del Departamento de Policía de Los Ángeles— y estaba armado.





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