El hallazgo del camino hacia la autoestima
(continuación)

De nuevo las circunstancias requieren unas palabras de explicación. Habiendo entrado a la Armada de Estados Unidos en 1941, y habiendo sido testigo de arduos combates en el Pacífico Sur, el ahora teniente Hubbard regresó a aguas americanas para asumir el mando de un cazasubmarinos que se había aparejado a toda prisa, una embarcación en estado lastimoso en muchos aspectos, que era parte de una flota compuesta de un amasijo de elementos, cuyo objetivo era proveer una medida de resistencia a lo que se había convertido en una amenaza devastadora: los submarinos alemanes. Sin embargo, las embarcaciones de esta “armada del Pato Donald” estaban tan precariamente equipadas, que la política oficiosa de la marina era la de dotarlas de tripulaciones desechables. Consecuentemente, al entrar en el arsenal naval de la Armada en Boston, Ronald se encontró encarando alrededor de un centenar de hombres enrolados, recién traidos de la prisión naval de Portsmouth en New Hampshire. Un grupo con cara de asesinos, fue la primera impresión de Ronald: “sus sucios galones y sus hamacas negras de mugre”. En investigación posterior, descubrió que ni uno de ellos habría subido a bordo sino para salvarse de una sentencia de prisión.

Sin embargo, como primera orden del día, LRH ceremoniosamente les disculpó sus hojas de servicio. Literalmente las echó en una saca de correo y depositó la saca en una caja fuerte. Ronald después explicó que con el inicio de los deberes a bordo de la nave se hacía borrón y cuenta nueva con todo, a todos los crímenes pasados no se les asignaba importancia. Por otro lado, dejó claro que su palabra era la ley y que no se toleraría ninguna negligencia. Es decir, puesto que la supervivencia de todos dependía del desempeño de todos, entonces se esperaba servicio ejemplar de todos y cada uno de los hombres. Después siguió un período de ejercitación rigurosa en extremo hasta que, como Ronald bromeaba, “estos hombres hacían guardia marina en su uniforme azul reglamentario sólo porque pensaban que se verían mejor”.


Él no sacó ninguna conclusión precipitada, más allá del hecho de que con un poco de orgullo y el peso de la “superoficialidad y de sus expedientes descargados de sus espaldas”, estos hombres se habían transformado de criminales a hombres de mar en el espacio aproximado de seis semanas. Más aún, eran hombres de mar superiores, con algo así como setenta incursiones usando cargas de profundidad en su crédito y ni una sola baja. Pero las preguntas que abarcaban un ámbito mayor acerca de la criminalidad y las particularidades de la rehabilitación: esos temas todavía estaban por resolverse.

En una simple declaración de la pregunta que ahora tenemos a nuestra disposición, explicaría: “Yo estaba tratando de encontrar si las mentes criminales eran un tipo diferente de mentes”, y como corolario, qué constituía entonces las “mentes de la policía”. Pero para apreciar ese asunto, uno debe apreciar hasta dónde le había llevado el camino más largo hacia el desarrollo de Dianética hasta ese momento.



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