El hallazgo del camino hacia la autoestima
(continuación)

El siguiente incidente de importancia —y este probó ser clave— llegó en 1935. El año anterior había visto la venta de los primeros relatos breves de Ronald a editores en Nueva York y, de esta forma, su entrada en las filas de la ficción popular americana. Aunque mejor conocido por sus cuentos de aventuras extraordinarias, también producía novelas del Oeste, de romance y un gran número de historias de detectives muy bien elaboradas. Durante la investigación que hizo para escribir sus novelas de detectives, acabaría entrevistando a toda una hueste de profesionales responsables del cumplimiento de la ley, incluyendo agentes de policía, jueces de instrucción e investigadores federales. Pero lo que, sin duda, se mantendría indeleble, sería su gira en la penitenciaría de Sing Sing del estado de Nueva York, que hizo con su colega, el escritor Arthur J. Burks.

Sus impresiones están reflejadas en diversos escritos, pero sobre todo destaca un manuscrito inédito de 1938 titulado “Excalibur”. La primera descripción de los descubrimientos que llevarían directamente a Dianética, “Excalibur” perdura como la primera explicación definitiva de sobrevive como el común denominador de toda la vida. Esto significa que, sin importar cuan variado fuera el comportamiento de una forma a otra forma de vida, toda forma de vida, básicamente, buscaba sólo sobrevivir. (De aquí deriva su punto de vista posterior de la ética como racionalidad hacia el nivel más alto de supervivencia para todas las cosas.) Pero al extrapolar a partir de esa revelación central hay capítulos sobre cómo el impulso hacia la supervivencia se refleja en el gobierno, las finanzas, la educación, las artes y la reforma criminal... Y a través de la discusión de esto último, nos proporciona una escalofriante condena de la vida y de la muerte en Sing Sing.

En primer lugar, escribe, la prisión no reforma nada, y todo lo que uno aprende en una jaula es que uno se ha convertido, de hecho, en un animal. En segundo lugar, la prisión de ninguna manera constituye justicia. Y de hecho, “No hay un solo hombre en la Tierra con suficiente capacidad mental como para impartir justicia”. Finalmente, y esto es en respuesta a una cuidadosa inspección de la silla eléctrica: “La vida de todos y cada uno de los hombres le pertenece a él mismo, y sólo a él mismo. Sus días en la Tierra son breves, su felicidad está limitada. En su contra están todos los cargos de enfermedad, hambre, fracasos en los negocios, ruinas, muertes de sus amigos y un millón de cosas más.

“A esto, el estado no tiene ni el derecho ni el poder de añadirle venganza y llamarlo JUSTICIA”.

__ Para dejar bien claro este concepto, hace un relato de gran fuerza de una ejecución, comenzando con la colocación del casco de cobre sobre la cabeza afeitada y concluyendo con el pronunciamiento de rutina del médico encargado: “Bien, está tieso”. Lo que se incluye entre los detalles es que el condenado invariablemente echará un vistazo a las mesas de autopsia, cóncavas para recibir la sangre, y el ataúd donde su cuerpo descansará. El verdugo recibe trescientos dólares por la ejecución, pero debe cuidar del mantenimiento de la maquinaria. La fuerza de la sacudida a menudo hace saltar las cintas del pecho mientras la corriente continúa fluyendo durante un período que llega a durar veinte minutos. En un comentario que equivalía a una addenda, durante una conversación posterior, observó que la experiencia le había parecido en extremo repulsiva: “No nos sentimos con ganas de hacer nada durante cerca de una semana” y luego, en otra parte, concluyó que el encarcelamiento es, en muy buena medida, la antítesis de la rehabilitación. Más bien, “abate a los hombres, ¡acaba con ellos!”

Durante algún tiempo después, Ronald habló de estos temas sólo esporádicamente, como por ejemplo, en una nota revisada del manuscrito de “Excalibur”: Un hombre no es necesariamente una amenaza para la sociedad simplemente porque cometa un crimen. “Se convierte en una amenaza sólo cuando tiene que compensar con peligrosidad su propia pérdida de prestigio”. Para finales de 1942, sin embargo, sus ideas sobre el crimen y el castigo ya habían empezado a asumir una metodología funcional.



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