Una Introducción a L. Ronald Hubbard
(continuación)

De forma incuestionable, entonces, este camino hacia la propia estima, allanado por los descubrimientos de LRH, es un camino de importancia enorme. Es también un camino lleno de fascinación, que discurre desde la cúspide de la filosofía occidental hasta el lecho de roca de la desesperación de finales del siglo XX. A lo largo del camino, encontramos de forma alternada a un Ronald enfrentándose a tripulaciones compuestas de verdaderos asesinos en el Atlántico Norte, dirigiendo estudios sociológicos avanzados en el bajo Manhattan y haciendo una ronda de guardia particularmente peligrosa como Oficial Especial para el Departamento de Policía de Los Ángeles. No es necesario decir, que también encontramos a un L. Ronald Hubbard compasivo en grado sumo, que siempre sostuvo que si algunos hombres pueden, realmente, plantear una amenaza para la sociedad, “no admitiré que haya un hombre en la Tierra que sea malvado por naturaleza”.

En la actualidad, por supuesto, lo que Ronald había reconocido hacía mucho tiempo como una crisis moral y ética, se ha convertido en una preocupación a la que se le ha dado bastante publicidad; y no es de extrañar teniendo en cuenta los índices de crimen violento en los Estados Unidos triplicados durante las tres últimas décadas, y unos cincuenta mil millones de dólares al año gastados hoy en día en la imposición de la ley, en el enjuiciamiento y en la encarcelación de los criminales. Aún en otro testimonio de nuestras crisis morales, se encuentran más de la mitad de los estudiantes de nivel universitario americano, que admiten con indiferencia haber hecho trampa en los exámenes de ingreso, y un total del setenta y seis por ciento de todos los estudiantes de Medicina y Derecho que admiten lo mismo. Mientras que esperando en las alas académicas, está la mitad de los estudiantes de secundaria de la nación, que de forma igual de indiferente, admiten que mentirían para obtener objetivos financieros, hinchar cuentas de gastos y reclamaciones de seguros. Entonces, por supuesto, vienen las cifras más siniestras, incluyendo el hecho de que en esta nación el sector que por estadísticas es más violento, se encuentra entre los jóvenes de quince a diecinueve años, quienes, en cualquier día lectivo regular, traen consigo más de cien mil pistolas, con las que matan a cuarenta de sus compañeros de clase. De aquí, que surjan observaciones expresadas con tanto esmero como: totalmente al margen de todas las demás plagas de este panorama en términos de desesperación moral: “Estamos enfrentándonos a un Armagedón juvenil”.

La respuesta general ha sido rápida, vociferante y en su mayor parte inútil: referéndums políticos para reinstituir un plan de estudios moral (sin importar que no se defina) un endurecimiento de las sanciones por las deshonestidades escolares (que se admite en general que no llevan a nada) y la aparición del “Virtuócrata” para alienar con eficacia un paso más a esos jóvenes de entre quince y diecinueve años. Mientras tanto, toda una nueva serie de pomposas expresiones se han multiplicado para explicar la criminalidad concomitante, como por ejemplo: el síndrome del abuso infantil, la reacción violenta de los marginados, -y sin importar lo implícitamente racista que sea- la inclinación genética a la violencia. Como veremos, sin embargo, este pensamiento no es sólo irrelevante, sino, en realidad, parte integral del problema, y es por ello, finalmente, tan significativo el que Ronald continuara hablando de este camino hacia la propia estima en términos de devolver al hombre “algo de la felicidad, algo de la sinceridad, algo del amor y de la bondad con las que fue creado”.



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