La universidad del crimen
(continuación)

Para él es fácil darse crédito con más astucia de la que realmente tiene. Después de todo, él no sabe nada acerca de la LEY. Sólo ha oído hablar de huellas dactilares en historias de detectives.

Muy bien, el mundo ha fallado. Él ha sido timado. El trabajo que siempre se le hizo creer que obtendría era sólo un espejismo. Así que todo lo demás es una mentira y la sociedad es mala ya que nunca le importa un comino lo que suceda con él, siempre y cuando se mantenga fuera del camino.

Además de eso, está aburrido. La vida, él no sabe, es un asunto muy gris y melancólico mientras el hombre se mantenga en la amplia, pero atestada acera.

Así que sale a la calle y comete su primer crimen.

Su mano tiembla, de modo que no puede ver la mira de su oxidada pistola calibre 22. Sólo puede escuchar el rugido de la sangre en sus oídos y sonidos que nunca se hicieron sonar. Olvida dónde debía buscar el dinero. Hace demasiado ruido. No puede controlar su voz.

Jadeando con agotamiento nervioso, huye corriendo y detrás de puertas cerradas se queda mirando fijamente a unos cuantos billetes desgastados. A pesar de todo, son suyos por el derecho de posesión. Al conseguirlos ha obedecido una necesidad natural por obtener emoción, comida, ropa o esa fachada necesaria ante su chica o ante sus amigos.

Y ahora llega el factor decisivo en su vida.

La policía lo atrapa o no lo atrapa.

Si logra eludirlos, entonces tal vez intente otro “trabajito” o dos, envalentonado por su primer éxito. Pero en un sorprendente corto espacio de tiempo se topará con “uno duro”. En un asalto a una pareja de tórtolos en el parque, el hombre le dice que se vaya al diablo e intenta arrebatarle la pistola; el joven huye y se promete no volver a descarriarse más. En una gasolinera, el dependiente alarga la mano para tomar una llave inglesa y de nuevo el joven sale corriendo, aterrorizado. En la mayoría de estos casos, a partir de ahí, el joven deja la pistola del 22 para siempre y unos años después mira hacia atrás con una sonrisa que guarda para sí y tal vez hasta un cierto remordimiento intranquilo acerca de su “carrera criminal”.

Si lo atrapan, está irremediablemente perdido.

Estando empapado en sudor nervioso, eleva su mirada hacia el juez vestido con su toga negra notablemente parecida a las alas deslucidas de un buitre. El joven está escuchando en realidad: “Por la presente se le condena a...”

Tan pronto como puede darse cuenta de que esto es la vida real y no una pesadilla, comienza a creer que las palabras que escuchó en realidad eran: “La sociedad desea que nunca hubieses nacido”. No con estas palabras exactas, por supuesto. Pero el sentimiento está ahí.

Desde el momento en que empezó a pensar en el crimen hasta ahora, el pensamiento de que el mundo no lo quería, no era sino sólo parcialmente sentido. Todo el impacto de esa verdad le golpea ahora.

La sociedad no lo quiere. ¡Él estaba en lo correcto!

De la manera más altiva, un juez en un tribunal, mientras se pregunta qué habrá preparado su esposa para cenar, ha completado la metamorfosis de los ideales del joven.

Él es ahora un tierno novato para la Universidad del Crimen. A ningún profesor de irracionología se le encaró jamás con tan ardiente estudiante.

En el gran montón de piedra gris, silenciosa y lóbrega, el joven descubre que hay un estrato de la sociedad que, en realidad, sí le quiere. Nunca ha visto a un verdadero criminal antes y la realidad de la visión le impresiona profundamente. Oye a hombres hablar llenos de orgullo acerca de asaltos. Recibe el trato usual dispensado a todos los novatos. Él no es un pez gordo, sólo es un boquerón insignificante.

Mediante la cortesía del Estado, en la penitenciaría o en el reformatorio, el joven recibe toda una paliza aleccionadora. Para el momento en que se gradúa, el trabajo de su vida está definitivamente planeado para él. Ahora se dedica a esnifar² nieve o es un pervertido o un caso duro, pero con toda seguridad está listo, en la mayoría de los casos, para demostrarse que es digno de pertenecer a la única fraternidad que jamás se interesó en él.

Viene entonces una segunda crisis en su vida.

2. Esnifar en nieve: en argot, consumir cocaína aspirándola por la nariz



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