La universidad del crimen
(continuación)

Parece bastante obvio que algo puede hacerse con estas cifras. Entonces, parecería seguir: ¿por qué no se hace algo?

Nos enteramos, a grosso modo, que el criminal de hoy, se encuentra en una gran mayoría entre dieciocho y veinticuatro años.

Aplicando cierta humanidad, tal vez sea posible entender porqué un muchacho a los dieciocho años se encaminará hacia el crimen. ¿Es posible que esté directamente relacionado con el deseo de la sociedad de que nunca hubiese nacido?

¡Oh, seguro que no es eso! Es demasiado obvio. Estas cosas deben ser expresadas en oraciones polisilábicas por hombres tan sobrecargados de títulos que gastan diez bolígrafos al día firmando sus nombres.

Ciertamente no puede haber fundamento para la inútil declaración de que todas las cosas verdaderas son las más sencillas.

Pero, simplemente supón que hay cierta verdad en esto.

El individuo mira de forma nebulosa al resto de la sociedad. Para sí mismo, él está definido con claridad y es importante y es, en buena medida, una unidad. Pero de una manera casual, cree que toda la gente a su alrededor es diferente a él. Todos se hallan vinculados entre sí y él es la única persona en el mundo que está completamente sola.

Y como debe vivir en su propia morada de carne y hueso durante más o menos setenta años, sabe que tendrá que asociarse con una mente tiránica que se encuentra peligrosamente cerca de la punta de su nariz.

Así que nunca se culpa a sí mismo por nada. Si hunde un hacha en la cabeza de su primogénito, estrangula a su esposa, viola a la mujer de su mejor amigo y luego malversa los fondos de su compañía para la escapada, cree absolutamente en sí mismo cuando le dice al mundo que lo éstan oprimiendo.

Si ella saca el auto nuevo de su marido y abolla el guardabarros, al meterlo en el garaje, le da el gran síncope, lanza cosas por el aire y se siente muy maltratada si su esposo le advierte pacíficamente que sea más cuidadosa la próxima vez.

¿Cuál es, entonces, el proceso de pensamiento de un muchacho de dieciocho años cuando sus mayores muestran tal sorprendente falta de sentido común?

Se le metió, a la edad de cinco años, en una escuela. Y ahí se le enseñó, junto con el alfabeto, que crecería para llegar a ser un ciudadano importante en este mundo. En su casa usualmente se espera que llegue a ser alguien cuando “crezca”.

Lleva con él este virus de apariencia inocente hasta su adolescencia y, hallándose cerca de la vida adulta y de un asiento importante en las alturas, en el sol, deja que los gérmenes se reproduzcan más allá de toda esperanza de inoculación contra ellos.

Y después, a la edad de dieciséis, diecisiete o dieciocho años, la cruda verdad se levanta frente a él como un muro de cemento, se estrella contra él y se magulla.

La experiencia, en una dosis asfixiante, le ha informado que sólo existen dos personas en el mundo a las que les importa si vive o muere. Pero no siempre puede apoyarse en su padre y en su madre para obtener el sentimiento de importancia necesario.

Después viene una variedad de eventos, nunca idénticos en unos y otros casos. Una tercera persona le mira seductoramente y él quiere tener dinero, que se le niega por medio de los canales regulares, puesto que el mundo no se preocupa de darle un trabajo. Él desea aparecer importante o audaz entre sus compañeros. Tiene una necesidad real, imperiosa, de dinero y tiene hambre o frío.

Hasta ahí es donde llega su criminalidad en ese momento. Es joven y por ello no ha tenido una larga experiencia de tundas que le diga que el dinero más fácil es el que se obtiene con torrentes de sudor de su frente. No piensa de sí mismo como una pieza colectiva de la sociedad. Él es un individuo y necesita algo.



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