La Comisión Real de Canadá
(continuación)
En los Estados Unidos, algunos modelos de pensamiento de los últimos años han obstaculizado el crecimiento de la justicia. El más sobresaliente entre ellos ha sido el extenderse largo y tendido sobre la mente criminal como una mente extrañamente diferenciada y distinta de las mentes de aquellos que no son criminales. Pero una mirada un poco más clara debería demostrar que aun la mente criminal entra dentro de la propia definición legal de demencia: la incapacidad de distinguir el bien del mal. Es obvio que es malo que un ser dañe a su propia especie, a su propio grupo, a su propia sociedad. Por lo tanto un ser que cometiera actos dañinos no estaría distinguiendo entre el bien y el mal y por lo menos debe tener un toque de demencia.
Aquí se plantea el problema de dónde trazar el límite. ¿En qué punto cesa un individuo de ser cuerdo y se convierte en un criminal? ¿En qué punto, entonces, deja de ser un criminal y se convierte en demente? La costumbre, de la que nació la misma ley, ha propuesto hace largo tiempo la solución a este problema en su propia definición de demencia.
Para clasificar a los criminales, tendríamos que clasificar el crimen. Descubriríamos que el crimen estaba subdividido en crimen accidental y crimen intencional. La sociedad sólo castiga el crimen cuando lo considera intencional. Si el crimen es intencional, entonces la intención también tenía el motivo de dañar a la sociedad. De esta forma, una acción criminal, en términos generales, podía ser considerada como la acción de un demente, y todo ello dentro de la definición de la propia ley. Podría determinarse que cuando un hombre se rebaja a cometer una acción intencionalmente dañina contra sus semejantes, ha descendido al menos al primer estrato de la demencia. El derecho podría abrir su propio camino aplicando la clasificación de demente a los criminales. En vista del hecho de que los sistemas de castigo del pasado no han reformado ni reducido la criminalidad, el derecho parece más inclinado a adoptar esta perspectiva y la adoptaría si pudiera demostrarse que esta incapacidad para diferenciar el bien del mal pudiera ser modificada para el mejoramiento de la sociedad. Dado que se ha encontrado que los sistemas carcelarios han recrudecido la criminalidad más de lo que la han remediado, es plenamente factible que la ley pudiera considerar cómodamente un posible cambio de perspectiva sobre el tema y tratar a los criminales por lo que son: personas mentalmente trastornadas.
Con esta otra alternativa la ley se encuentra a menudo traicionada. Esta alternativa consiste en permitir que los criminales se escapen de la ley por razones de demencia. Si se comprueba que un criminal está demente, se le permite, al menos hasta cierto punto, escapar del castigo que normalmente recibiría por su acto. La ley, al mantener esta segregación, echa por tierra sus propios fines y se priva a sí misma de su presa. Sólo frente a una casi absoluta falta de comprensión de la demencia, podrían las personas que se ocupan del gobierno convencerse de que la etiqueta de demente permitiría a los criminales escapar del castigo. Por lo tanto, en esa medida, la demencia en sí misma parece ser temida y es tolerada.
La verdad categórica y terrible es que mientras la demencia pueda seguir siendo utilizada como defensa, invitará a los criminales a adoptar ese estado. Además, esas leyes que proporcionan de ese modo un escape del castigo, desatan las energías de muchos contra sus semejantes, quienes de otra forma se refrenarían. Por ejemplo, una persona ligeramente loca debido a su estado mental podría considerar innecesario obedecer la ley que en realidad comprendía plenamente. Dista mucho de ser justo que la ley pueda proveer un escape para el culpable basándose en tales razones.
Al concentrar su atención en el hecho de que la demencia, si se demuestra, permitirá a una persona escapar de la justicia, la ley está pasando por alto el hecho de que el crimen aparentemente parte de manera uniforme de una incapacidad de distinguir al grado que un hombre cuerdo consideraría normalmente racional. La ley se enfrenta con el enigma de la demencia como una forma de frustrar la justicia. Y de esta forma se tiene que probar continuamente que la demencia es falsa, en el campo de la criminalidad. Considerando eso, es hora de que se demuestre que la criminalidad es demencia. He trabajado con muchos criminales y he sido policía durante un corto período, con el fin de observar la criminalidad. Y mi observación directa y muy de cerca, es que cualquiera que tenga tendencias criminales está, en un sentido mucho más amplio, demente, y que su demencia no sólo se extiende mucho más allá del campo del crimen, sino que invade las áreas de la alucinación, la manía persecutoria y las incapacidades mentales que en sí mismas son síntomas de demencia.
La demencia del criminal se produce debido a una convicción de que su primer grupo, la familia, no le encuentra utilidad ni le necesita, y se desarrolla a partir del reconocimiento de que la sociedad no le quiere. Este es aparentemente el origen de esa actitud antisocial a la que llamamos criminalidad. La demencia sigue evolucionando mediante la continua asociación con otros que comparten la misma convicción y que forman grupos, que están motivados por una necesidad de venganza contra la sociedad. Los métodos actuales de castigo y el trato policial sólo hacen más profunda esta convicción y puede decirse, en lo que respecta a las sentencias de prisión, que cuanto más castigo recibe un criminal, más aumenta su demencia en relación al mismo tema de su criminalidad. De esta forma la sociedad se convierte en víctima de sí misma al traer del ámbito de la alucinación a la cruda realidad el hecho de que el individuo no es querido por ninguno de sus congéneres a excepción de unos cuantos de sus más íntimos asociados. Al unir sus fuerzas en su sed de venganza contra la sociedad que los rechaza, estos criminales forman entonces sus propias sociedades. Y el resultado final de esta espiral descendente es el deterioro del conjunto de la sociedad bajo la coacción de leyes que, buscando reprimir a la minoría, acaban suprimiendo a la mayoría. Sin tales bandas criminales, gente como Hitler, que dependía completamente de ellos para su ascensión al poder, por sí solos carecerían de todo poder. De esta forma el tema de la criminalidad entra íntimamente en relación con el campo gubernamental.


